En un discurso encendido, cargado de memoria y pasajes personales, Jaqueline Dárdano reapareció públicamente en la escena política del departamento de Florida. Esta vez lo hizo para respaldar la candidatura de Carlos Enciso, con quien compartió gestión como directora de Desarrollo Social durante su intendencia.
Desde el escenario, Dárdano no se guardó nada. Entre recuerdos, reproches y una fuerte defensa del interior del país, dejó claro que su regreso no es casualidad. «Fui la edila más votada. Y yo, no como algún otro diputado, siempre me gané lo que tenía; colgada no estaba», advirtió en referencia a quienes alguna vez pusieron en duda su lugar en la política. “Siempre me he ganado lo que tengo trabajando», insistió, casi como una declaración de principios.
La ex jerarca repasó momentos claves de su militancia y la experiencia acumulada recorriendo el interior profundo: promesas cumplidas, frustraciones políticas y una narrativa que se entrelaza con lo personal. «Prometíamos cosas que eran fáciles de llevar. Ojo porque ganaron. Ganaron porque no les dimos pelota, porque ya había desprecio instalado en el interior», dijo en referencia a sus adversarios, denunciando con énfasis el desprecio sistemático hacia el interior por parte de ciertos sectores políticos.
“Juan te tienes que acordar. Cuando pedíamos cosas nos dijeron que pedíamos mucho y nos mandaron a votar a otro partido», recordó, dolida, sobre un episodio que considera crucial para que el Frente Amplio ganara la Intendencia años atrás por apenas «300 votos». En su relato, no faltaron las menciones personales —como su esposo de entonces, el escribano Sánchez— ni referencias casi épicas a la lucha territorial: «Como buenos saravistas ya estábamos para arrear, ya estábamos en el blanco. Pero en una esquina nos pidieron disculpas».
Con un tono desafiante pero también reivindicativo, Dárdano volvió a cargar contra lo que llama el “pseudointelectualismo” que, según ella, margina al interior. “Nos desprecian porque lo viví, porque lo vivimos», repitió, como un mantra, mientras rememoraba episodios de discriminación y desencuentros.
«En el interior, en las juntas locales, no lo sufrimos a Giachetto: lo padecimos. Una vez fue y no le gustaron las cosas y Juan no volviste más a Sarandí Grande».
La razón de su apoyo a Enciso, aseguró, se basa en una coincidencia de fondo: la preocupación real por el interior y, especialmente, por las personas más vulnerables. “Yo peleaba por el interior, pero él también”, dijo, evocando anécdotas tan simples como simbólicas: desde una cabina telefónica solicitada en Polanco hasta la remodelación de comedores sociales.
“Desarrollo social es hablar de pobres, y hablar de pobres en la izquierda es fundamental”, sentenció. Fue ahí donde su discurso cobró aún más fuerza, al referirse a la dignidad de comer con aire acondicionado como un símbolo de respeto hacia los más necesitados. “Ese día comimos con la gente, y no lo olvidamos», dijo con visible emoción.
Jaqueline Dárdano no solo volvió. Volvió a decir que el interior importa, que la política social es central y que hay cuentas pendientes. Su discurso, mezcla de memoria, arenga y denuncia, no dejó indiferente a nadie. Y a juzgar por la reacción del público, aún tiene cosas para decir… y hacer.