Por Alexis Trucido

Un cuento Navidad para los acontecimientos que hemos pasado. Las últimas horas han estado en «guerra» política en Florida. Y comprendo la fuerza de esa palabra. Claro que no es de tal gravedad, pero hacía tiempo que los floridenses no teníamos una beligerancia como estas. Al menos eso pensé por mi «juventud», pero consultando con otros actores, me confirmaron que así había sido.

No me gusta la Navidad, lo confieso. Pero cada año, desde que tengo hijos, me contagio, busco lo mejor de mí -en todos los sentidos – y me vuelco a ellos y mi familia. Y ahí si me agrada; incluso contesto algunos mensajes, y deseo a otros lo mejor en esa especial noche y al otro día. Voy a ser más sincero aún: me da lo mismo la Navidad, pero sería incapaz de amargársela a alguien. Y aún hago la pantomima de «llamar a Papá Noel» si me lo piden.

Hace pocas horas escuché hablar de diálogo, de venir que yo doy la cara, de ir y encontrarnos que no hay problema, pero me pareció extraño ver acciones contrarias a lo que se dijo EN TODOS LOS BANDOS.

Parece que, por los hechos, nadie habló en verdad, o nadie tomó lo conversado en serio, o simplemente estuvo primero esa reacción por la sangre en las venas que llevamos -una lástima que la sangre sea sólo para reacción con negatividad- o tal vez fue sólo mi percepción.

Hace tres años, tomé una vieja edición de Seleccciones de Reader’s Digest de 1985 y encontré lo que hoy les dejo a todos para reflexionar. Feliz Navidad! y por favor, no dejen de leer:

En Ypres, la Noche de Navidad, hubo luna llena. La tierra helada refulgía con blancuzco resplandor. Normalmente aquella hora, en aquel sector importante del frente, la Tierra de Nadie se llenaba de figuras sombrías que corrían, unos en labor de reconocimiento, otros tratando de recuperar a sus heridos y a sus muertos. Esporádicamente, los llanos y feos sembradíos de nabos de Flandes eran iluminados por luces de Bengala. Aquella noche, en cambio, una calma parecía flotar en el aire diáfano.

Se advirtió una luz en el este, encima de las trincheras alemanas, demasiado baja para ser una estrella. Para la sorpresa de los ingleses nadie disparara contra ella. Apareció entonces otra luz. Y luego otra. De pronto hubo luces a lo largo de las trincheras enemigas, hasta donde se alcanzaba ver. “¡Dios mío! ¡Los alemanes tienen árboles de Navidad!”, gritaron los británicos. Entonces, de una trinchera alemana a no más de 50 metros, el coro de voces de barítono jamás oído,empezó a entonar “Noche de Paz, Noche de Amor”. Al terminar el villancico, todo el regimiento de vitoreó a los alemanes y cantó a coro “La Primera Navidad”. Aquella mutua serenata duró una hora, interrumpida por gritos de “¡Vengan a vernos!” y “¡No, tú ven aquí!”. Pero ningún bando se movió.
En el sector del frente, luego de la serenata un alemán empezó a avanzar hacia las trincheras británicas, seguido por media docena de otros alemanes, todos desarmados con las manos en los bolsillos. Por un momento pareció que iban a rendirse pero los ingleses también empezaron a salir de sus trincheras.
Amaneció el día de Navidad frío, claro, refrescante… y pacífico. La tierra de nadie pronto se llenó con miles de soldados de ambos bandos, que caminaban unos junto a otros y se tomaban fotografías. Se improvisaron partidos de fútbol y se entabló un encuentro en toda forma, que los sajones ganaron por tres a dos. Algunos se arrancaron botones del uniforme, para ofrecerlos como presentes de Navidad. Los soldados que tenían habilidades especiales hicieron lo que pudieron. Un barbero inglés cortó el pelo a dóciles alemanes que se hincaban en tierra. También lo fue la oportunidad de celebrar una solemne ceremonia en la Tierra de Nadie. Soldados de los dos ejércitos cavaron tumbas, unas al lado de otras, luego el capellán, con la ayuda de un estudiante de teología, alemán ofreció un servicio fúnebre conjunto.
Al no haber disparo, un joven inglés despertó más tarde de lo habitual la mañana de Navidad. Cuando por fin se unió a los demás, se encontró con un estudiante de Leipzig, de su misma edad. El alemán había recibido un paquete de Navidad, que ambos abrieron y compartieron: dulces, un pastel y un paquete de puros.
Ambos bandos comprendían, por supuesto, que la tregua no sería bien recibida entre sus respectivos oficiales. Hubo un acuerdo tácito de guardar el secreto. Cuando, por la tarde, se supo que un brigadier británico estaba en camino para inspeccionar el batallón, alemanes e ingleses corrieron de regreso a sus trincheras, como niños traviesos. A la hora que llegó el brigadier, los ingleses pudieron presentar un cuadro convincente de un ejército en guerra. Los centinelas miraban por las troneras y había soldados tras las ametralladoras. Después de una breve inspección, el brigadier estaba a punto de partir cuando notó que la cabeza y los hombros de un alemán asomaban por encima del parapeto. Al exigir que se le dispare al enemigo, los soldados obedecieron pero nunca apuntando al blanco. El tercer disparo pasó silbando a pocos centímetros del enemigo, quien captó el mensaje y desapareció levantando los brazos. El brigadier pareció satisfecho con esta “victima”, y se fue. Los hombres no tardaron en volver a salir de sus trincheras. Al ponerse el sol, casi no se habían oído disparos en todo el frente durante 24 horas. Cuando el alto mando se enteró por fin de lo ocurrido, montó en cólera. Los oficiales se alarmaron por el total desquiciamiento de la disciplina militar. También les preocupó que sus hombres descubrieran que sus enemigos no eran aquellos monstruos que, según la propaganda, había matado con bayoneta a niños y mujeres, sino gente sencilla, común como ellos mismos.
La tregua navideña de 1914 continuó en algunos sectores del frente hasta el Año Nuevo, y aún después. “tuvimos que dejar que durara todo ese tiempo”, explicó un alemán, en una carta enviada a su casa. “Queríamos ver cómo salían las fotos que ellos nos tomaron”.
Acordaron que, cuando un bando tuviese que romper la tregua, dispararían una salva al aire para dar tiempo al enemigo de volver a sus trincheras. La salva sonó el 29 de diciembre, y los hombres retornaron a toda carrera a sus trincheras. Minutos después se reanudó el fuego, en serio. Las unidades de uno y otro bando menos dispuestas a proseguir la lucha fueron desmembradas y distribuidas en otros sectores. Un número indeterminado de soldados franceses fue pasado por las armas como escarmiento. Los alemanes poco combativos serían enviados al frente oriental. Las cartas en las que los soldados relataban a sus familias los pormenores de esa insólita celebración navideña fueron censuradas.

Los franceses pusieron un especial empeño en confiscar los negativos de las instantáneas que algunos soldados habían tomado durante la tregua, en donde podían verse a los hombres de uno y otro bando posando amistosamente ante la mirada del fotógrafo improvisado.
Una de estas imágenes no pudo ser interceptada por la censura y acabó siendo publicada a toda página en la portada de un diario londinense, el Daily Mirror, pero las informaciones relativas a este episodio desaparecieron rápidamente de los periódicos por indicación de los gobiernos. Poco a poco, la vida en el frente retomó la dinámica anterior y la tregua navideña pasó a ser un recuerdo agradable diluido en la realidad de una guerra despiadada.
¿Pudo la tregua de 1914 haber puesto fin a la Primera Guerra Mundial?
Varios sobrevivientes aseguran que sí. En este caso se habrían salvado casi nueve millones de hombres que morirían antes del Armisticio. Para Jim Prince, el joven que compartió los regalos con el oficial alemán, y que perdería una pierna varios meses después, había terminado la Navidad más maravillosa de su vida. Y hasta el día que murió en 1981, a la edad de 85 años, nunca oyó Noche de Paz, sin que le rodaran las lágrimas.