Por Edgard Machado

El 2 de diciembre del 2008 marcó y cambió  para siempre mi vida. Un accidente cardiovascular me puso cerca de la muerte y después de casi 7 horas de operación me mandó a un CTI practicamente desahuciado.

Los primeros 15 días en ese lugar los pase inconciente con pocas chances de sobrevivir y si lo hacía mis familiares sabían que las secuelas serían devastadoras.

Pero ocurrió lo que nadie esperaba, volví, no se donde estaba pero volví. El 17 de diciembre se prendió la luz dentro de mi cerebro y comencé a recuperarme.

No quiero entrar en detalles pero les aseguro que todo lo que viví en ese lugar fue de una violencia tremenda, pero dicen que así es que te salvan.

Igualmente a pesar de lo duro del momento la sensación de que te ibas recuperando, la cercanía de la familia y de los amigos te agregaban las fuerzas que por momentos parecían faltarte.

El 24 de diciembre allí era solo un día más, pero mis seres queridos me advirtieron que se acercaba la nochebuena con el aviso que sobre la medianoche vendrían a estar un rato conmigo.

Las horas comenzaron a pasar y dentro de mi comenzó a crecer el desasosiego. La sensación de soledad se fue adueñando de mi, empecé a escuchar los comentarios de las enfermeras y a verlas pasar sin mirarme con el gorrito de Papa Noel en sus cabezas, los cohetes y las bombas de estruendo empezaron a hacerse sentir a través de las ventanas y yo estaba solo.

¿Por qué mi familia me había abandonado? ¿Por qué estaban festejando la nochebuena sin mi?  ¿No se daban cuenta que yo estaba muy enfermo y en ese momento los necesitaba? ¿Iban a venir o no? No importa que fuera a las 2 de la manaña lo importante era que vinieran ¡¡por favor!!.

De pronto aparecieron todos, los dejaron entrar a todos juntos, eran las 11 y media de la noche todavía no habían brindado, lo hicieron frente a mi, junto conmigo. La soledad me había jugado una mala pasada.

Esa nochebuena que finalmente tuvo final feliz, fue para mi la peor de todas las noches buenas.

Después de ese mal momento llegamos a la navidad, 25 de diciembre. Mi débil condición cardiologica había hecho que hasta ese momento a mis hijos no les hubieran dejado subir a verme.

Yo la noche anterior sabía que ellos estaban abajo pero igual no los pude ver. De todas formas con ellos me pasó una cosa bien extraña los había como borrado de mi mente, creo que lo hice inconcientemente para no sufrir.

Pero en la navidad el personal del CTI presionó a mi familia y practicamente la obligó a que me los dejaran ver, previamente me consultaron ¿»como te vas a portar»? me dijeron y yo que en ese momento no podía hablar solo atiné a hacer un gesto que significaron muchas cosas y que todos entendieron.

Verlos entrar fue una sensación sublime que me llenó el alma. Sus caras entre felices y asustadas,  no comprendían, creo, como su papá, siempre tan fuerte, siempre tan arrogante, era ese manojo de hinchazón, cables y monitores. Entre las miles de lágrimas que salían de mis ojos solo atiné a decirles aunque más no fuera moviendoles los labios «papá esta bien».

Y siempre repito que  el verlos fue el mejor antibiótico me dieron, solamente cuatro días después, el 29, me daban el alta del CTI.

Creo, tengo la plena seguridad, que fue el poder del amor, del cariño lo que me hizo salir del trance. Todo lo que viví en ese momento fue muy espiritual y se los dice un hombre que se dijo ateo toda su vida.

Hay algunas cosas que nunca sabre a que atribuirlas, otras que no se si las soñé o fueron de verdad, tampoco he podido averiguar donde estuve esos 15 días que se perdieron de mi mente.

Muchos dicen que el espíritu navideño no existe, yo creo que si existe. A mi le demostraron mi corazón y mi alma en el momento más duro. Este espiritu no tiene nada que ver con regalos, ni siquiera con Papa Noel, tiene que ver con lo que amamos, tiene que ver con el sentimiento o con estas lágrimas, que les confieso, estuvieron cayendo desde que comencé a escribir esta nota.