Hoy me  levante temprano casi como todos los días. Me encanta sentir el aire fresco de la mañana, trato de quedarme con esa sensación tan placentera, porque se que se viene un día de tremendo calor. No es un día más, es 6 de enero.

Caminé despacio hacia el baño y más despacio aún abrí la puerta del cuarto de los gurises, los dos dormían tranquilamente. ¡¡Qué enormes están!! Parece que las camas les van a quedar chicas.

Cerre la puerta y cuando giré me encontré con el árbol de navidad. Recién ahí me di cuenta en que día estabamos. Era día de Reyes.

Todo me resultó raro, sin bullicio a pesar de la hora, sin risas, sin regalos. Me resultó triste. Y comence a buscar en mi memoria viejos recuerdos, ahí aparecieron mis chiquitos con sus caritas llenas de ilusión y felicidad. O Alejandra casi que empujándolos les decía levantesé que llegaron los Reyes, hay que abrir los regalos.

Y todo se volvia fiesta en la que gozabamos también nosotros. El ritual de romper el papel del regalo, subirse con mucho miedo a la pequeñisima bici o correr hacia el patio para ver las pisadas de los camellos que también se habían comido el pasto y tomado el agua.

El rito de ver si los zapatitos que habíamos dejado la noche anterior  estaban todos, participar de la fiesta infantil con todos los vecinitos del barrio que se armaba a eso de las 7 de la mañana.

Para mi el 6 de enero siempre fue un día mágico, fue mi más grande ilusión infantil. Ilusión en la que creí ciegamente, ilusión por la que pelee durante un largo rato el día que un amiguito del barrio me dijo que «los Reyes son los padres».

Ilusión que se transformó en desencanto cuando llegué a mi casa y mi mamá me confirmó que lo que me habían dicho era cierto.

A pesar de este último día, todos guardamos tan imborrables recuerdos de magia e ilusión que se los transmitimos a nuestros hijos y cuidado aquel que se anime a decirles la verdad. Ya llegará el  momento.

Pero el momento pasó hace rato. Ya hace mucho que saben, por eso no hicieron la cartita para los regalos. Su vida está cambiando. Tienen otras ilusiones, otras metas, otros desafíos y aunque nosotros no los queremos soltar por miedo a que se caigan, ellos se van escapando, la vida los llama.

De pronto  volví a la realidad y en mi casa reinaba el silencio. Ahora sabía porque.  El aire seguía aún fresco, placentero y aunque me resulte triste hoy no es un día más, es 6 de enero.