Pocholo, esto se mueve”, recuerda a FloridAdiariO Ariosto Bruno Gianni, minutos antes de que la chimenea del viejo horno de su hermano, Vicente, cayera en pedazos en el barrio Los Álamos.

Pocholo, como insiste en ser llamado, es parte de la emoción por la caída de aquello que levantó con sus propias manos. “El patentó el andamio (volado) que usamos para levantarla. También la construcción de las pequeñas casas con techo de tipo bovedilla que según su deseo, pidió que no fueran derribadas”.

En abril de 1954 o 53 -ya que no pudo recordarlo con claridad – Pocholo, y otros cuatro empleados, levantaron el ducto con paredes de 50 centímetros de ancho, varillas de más de 16 milímetros y vigas cada dos metros de altura. En 6 meses la obra se terminó. “Siempre bajo la dirección de Lito, yo no puede decir que sabía nada al lado de él. Era brillante”, recuerda.

La chimenea, era, según Ariosto, “el corazón del horno, más allá de su función”. Con 64 empleados, el horno tenía una gran producción para la época que sustentaba familias, el crecimiento de un barrio, casas nuevas en la ciudad y hasta edificios de 6 y 7 pisos en Montevideo.

Lito” incluso tenía su propia flota de camiones para el reparto y traslado de tejas, tejuelas, ladrillos y su producto estrella, el ticholo prensado. “Todo lo había inventado o copiado probando, porque nadie daba secretos en esa época.

Lo que no tenía lo inventaba, lo ponía a prueba y salía adelante. Como se necesitaba mucho barro -era producción rápida y en gran cantidad- hizo una pileta enorme, le puso paletas y un eje que conectó a un caballo fuera de esa batea enorme. Le vendó los ojos, le daba de comer bien, y el animal giraba haciendo la mezcla”.

El uso de pedregullo para cimientos y construcción no fue acarreado de ningún lugar. “Él escavó tierra, represó el Tomas González e hizo un montaña. Dejaba pasar un poco de agua que iba filtrando y separando tierra y arena. La zarandeaba y no había que cruzar la ciudad para tener arena”.

Mientras el símbolo de la familia Bruno Gianni cae, las emociones se aglomeran en Ariosto. “Por todo eso no quería venir”, concluyó.