Del muro de una estudiante del IPA. Juvenal lo comparte porque, a pesar de lo vivido hoy, es esperanzador y hace bien.

“Llegó. Es hoy. El fin de la era progresista. El domingo más triste. Hoy un presidente con el 54% de aprobación da paso al gobierno de un partido que no llegó al 30% de los votos. Asume un presidente nuevo que vive entre las murallas de un barrio privado y fue al colegio privado más caro y prestigioso del país. Asume acompañado de los dueños de la tierra, que cruzaron el país a caballo y en 4×4 para dejar bien en claro quiénes son ellos, a quiénes les sirve el cambio, a quiénes representa, y por lo tanto, a quiénes no. Los peones no vinieron. Esos, los que por primera vez en la historia tienen seguridad social y jornada laboral limitada, esos a los que todavía se los azota cuando se atreven a hablar, se quedaron en el campo. Hoy vuelven a ser invisibles, como lo fueron siempre. Las tierras, las vacas, el festejo y la alegría son ajenas, como siempre fueron.
Hoy asume un presidente que tiene una familia preciosa, digna de la portada de cualquier revista de tendencias: heterosexual, católica y monogámica, con una esposa rubia, flaca y educadita, que habla pronunciando todas las eses, que se sienta con las piernas cruzadas y que bien sabrá, como buena esposa, acompañar, sonreír, callar, dar la mano y adornar las fotos en los próximos años.
Asume un presidente que se crió y creció en el seno de la oligarquía que durante años se repartió y saqueó a este país, un presidente de estirpe. Un político de esos que hablan fuerte y con los gestos justos, que tienen la cabeza bien alta, la mirada levantada, la altanería del que nunca tuvo que aguantar una injusticia, de quien nunca tuvo que trabajar para comer, del que nunca estuvo debajo de nadie, nunca tuvo que levantarse temprano en invierno, nunca tuvo que ensuciarse las manos, nunca tuvo que callarse, nunca tuvo miedo. Del otro lado está el pueblo. Resistiendo los golpes, una vez más.
Hoy todo lo peor del continente saluda al nuevo presidente. La América más reaccionaria se juntó para aplaudir y desfila la victoria de sus intereses en la capital uruguaya. Se dan la mano, se abrazan, saludan. Ellos también vinieron a dejar bien claro quiénes son: son ellos, los de siempre, están de vuelta. Hoy festejan porque vuelven a un lugar que es el suyo, por herencia, por tradición, porque nacieron para eso. Hoy festejan gritando que los hicimos sufrir durante quince años, y es verdad, sufrieron. Porque los privilegios anquilosados durante doscientos años se confunden fácilmente con derechos, porque cuando se trastoca el orden de los privilegios duele y molesta, porque no quieren compartir la sala de espera de sus hospitales con una mujer trans, no quieren que una empleada doméstica viaje en sus aviones, no quieren que un pobre compre cerveza importadas en sus supermercados. Los hicimos sufrir porque irrumpimos en espacios que siempre fueron suyos. Y hubo murga y baile, y fuimos al palacio legislativo en ómnibus y abortamos y estudiamos carreras universitarias y fuimos ejemplo en el mundo y tuvimos computadoras en las escuelas y marchamos y encontramos restos y comimos carne. Y así sus espacios fueron nuestros. Hoy vuelven, vuelven de la mano de la peor escoria del continente y vuelven todos juntos porque vienen por todo. Vuelven al parlamento porque sus bancas no fueron construidas para los que trabajan con las manos. Ellos vuelven, pero nosotros estamos acá, y acá estaremos. Nosotros entendemos de lucha, de ser oposición, de pelear siempre contra la corriente de los grandes intereses de la economía mundial, del imperio y del liberalismo. Nosotros sabemos resistir porque ya resistimos, resistimos la tortura y el exilio, resistimos el hambre y el olvido. Resistimos la desesperanza.
Ellos vuelven al gobierno, a los cuarteles y al parlamento, vuelven a la residencia palaciega del Prado, a las cumbres del protocolo, a levantar la mano derecha en la portada de los diarios. Pero nosotros acá estamos, seguimos acá, como siempre. Tenemos la calle y la lucha, la risa y el cuerpo. Tenemos la esperanza y la certeza de que la igualdad no es una utopía ni un sueño, que se puede ir a la universidad siendo hijo de obreros, que se puede amar como y a quien se quiera, que se puede elegir cuándo ser madre, que se puede no morir de pobreza. Nosotros estamos acá, vinimos para remover los cimientos oligárquicos y elitistas sobre los que se erigió la sociedad uruguaya durante casi toda su historia, y acá nos quedamos. Para resistir otra vez, porque de eso sí sabemos, y librar esta que es otra batalla de la misma lucha. Acá estamos como siempre: fuertes y juntos, para no dar ni un paso que no sea hacia adelante, para que Uruguay nunca más sea de unos pocos. Estamos acá y no tenemos apuro. Porque tenemos los abrazos y los jóvenes y la desobediencia, porque somos tercos, porque tenemos la poesía y la alegría y la igualdad y la memoria. Acá nos quedamos, porque somos mayoría, porque somos el pueblo y el pueblo no sabe de derrotas. Acá no se rinde nadie, vamos a volver.”

Romina

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Romina debe tener padres orgullosos de la hija que engendraron. Juvenal no sabe si “Romina” sale en moto. Juvenal no sabe si no sale con amigos, o sola, a correr picadas en auto. Juvenal no sabe. Juvenal no sabe si sus padres se ocupan de la seguridad física de “Romina”. Pero lo que sabe Juvenal es que cualquier uruguayo bien nacido, si en sus manos estuviese, se esforzaría al máximo por asegurar la salud de este tesoro que puede llamarse “Romina”… o no. Si a “Romina” la estuviesen castigando o insultando, cualquier uruguaye bien nacide saldría en su defensa. Si “Romina” fuese alumna de un docente uruguaye bien nacide, gozaría de su protección como si su progenitore fuese. ¿Y si “Romina” viviese en Florida, las autoridades que tienen sobre sus hombros la seguridad de todes les “Romines” tendrían derecho a lavarse las manos?