OPINIÓN ¶COLUMNISTA INVITADO

@Por Emilio Martínez Muracciole

Quiso el destino que la administración departamental que más ha hecho en materia de tránsito en los últimos períodos, cargue con la congoja de un jerarca fallecido en un accidente de tránsito, durante el retorno de una actividad oficial.

La explicación del destino como responsable de un hecho, es en realidad una buena salida que tenemos todos los seres humanos para desprendernos de los efectos mariposa que generan nuestras propias acciones o la falta de ellas. Un accidente evitable es eso, evitable, lo que no quiere decir intencional ni descaradamente imprudente. Incluso he escuchado de entendidos en siniestralidad que le quitan el rótulo de “accidente” cuando
éste fue evitable (basados quizás en la teoría de Herbert W. Heinrich, quien deja sólo un 2% para hechos fortuitos, y que indica que la ocurrencia de un siniestro tiene varias fases previas; entre ellas, la primera, relacionada al contexto que pueden generar los antecedentes y el entorno, que llegan a transformarse, de la manera menos esperada, en la primera y casi imperceptible ficha de un dominó que tiene muchas otras, de diferentes
grado de relevancia).

Me animaría a decir que todos hemos generado situaciones evitables (no siempre son accidentes de tránsito). Basta una pequeña imprudencia para que lo evitable ocurra. Son las consecuencias las que trascienden o no. Luego se carga con ellas, con las consecuencias. Pero raro es que alguien pueda afirmar que jamás ocasionará una situación que, aún evitable, pueda derivar en una fatalidad. Sería un acto por lo menos “soberbio”.

La ola de conjeturas diarias lanzadas desde diferentes esferas acerca de por qué pasó lo que pasó, es por lo menos “imprudente”.
La semana pasada escuché durante algo más de una hora un programa de radio que hace tiempo no escuchaba más allá de sus primeros cinco o diez minutos, y me encontré con las voces de oyentes que, en algún caso, con una carga belicosa pesada apuntaban hacia el chofer del accidente en el que murió Nelson Blanchet. El propio conductor del programa intentó timonear ante la tormenta, atemperando los ánimos, apuntando a veces directamente, otras indirectamente, que en todo caso el chofer es el responsable de una
innegable imprudencia que costó una vida.
En efecto, fue una imprudencia igual a la que a diario cometen cientos de conductores en el mismo punto, pero que esta vez terminó en una fatalidad. Lo frecuente de la imprudencia, también sabemos, no le quita responsabilidad por la misma ni por sus consecuencias. Incluso deberá cargar con otras consecuencias personales; la de la mochila que lo acompañará de ahora en más.

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Tanto o más imprudente podría ser querer sacar una tajada electorera de una situación así. Quien la pretenda, debería al menos replantearse su rol en la actividad política. También imprudente sería que una voz institucional procure que, por ser la institución una parte directa o indirectamente afectada, el tema no sea abordado por los medios de comunicación. Bien podría un observador llegar a creer que lo que se busca es que no se
la incomode ante la opinión pública. Quien lo procure, debería también replantearse su lugar.

Igualmente imprudente sería que un periodista acepte a pies juntillas y en primera instancia cualquier explicación que venga, de la autoridad o ciudadano que sea, sin sentirse en la obligación o al menos en el derecho de preguntar o repreguntar si tiene una duda que cree relevante. Es que su función es, precisamente, “hacer entender” a quien lo está leyendo, mirando o escuchando, y si no evacuó él mismo alguna duda relevante, mal podría ayudar a hacerlo.

Me ofusca un poco cuando un periodista asegura que su rol es el de “incomodar”. Al menos no debe serlo por el simple hecho de incomodar porque sí; es decir por antipatía con el entrevistado o abordado de turno. Pero menos debe ser el de abisagrar su cabeza en positivo para que ésta se mueva diciéndole sí y sólo sí a toda explicación proveniente del entrevistado, sin plantearse al menos la mínima interrogante ante un argumento, para después ir a contarlo (por radio, tele, diario o página web) al público, para ayudarlo a entender la escena, contaminándola lo menos posible con su opinión inevitablemente subjetiva.

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“La objetividad (…) sirvió en su momento como coartada para los medios aburridos y escudo para los periodistas temerosos”
(Marcelo Jelen)

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Bill Keller, leí alguna vez, ha dicho que el objetivo de un periodista debe ser presentarle al público las piezas fundamentales para ayudarlo a armar un puzzle.

Presentarle un puzzle armado de antemano y al antojo de una parte involucrada es al menos un acto de irresponsabilidad, imprudente, que como todo acto de esas características tiene sus consecuencias.

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No es sencillo afrontar la actividad periodística en una comunidad pequeña. Es frecuente que las partes afectadas por una noticia tengan algún grado de relación con el periodista. Sin salir de este caso y hablando en primera persona, por ejemplo, conocía a Nelson, la víctima del accidente, teniendo una excelente relación con él y con amigos suyos, que lo fueron durante décadas. Conozco, por otro lado, tres hijos del chofer y podría en tal sentido sumirme también en una interminable retórica acerca de los profundos valores morales de la familia, etc.. En tercer lugar tengo relación familiar
con personas que participan de actos administrativos de la comuna; y más aún relación familiar con alguien que ocupa un escaño de la oposición. Estoy “tocado” por todos lados. Lo más cómodo en mi caso sería quedarme en un lugar tibio, en silencio. Pero no sólo la independencia intelectual no me permite buscar ese lugar tibio; mi función me lo prohíbe, moralmente.

El día que decida suprimir información relevante para no incomodarme a mí mismo, estaría omitiendo intencionalmente piezas fundamentales del puzzle. Es decir: presentaré al lector piezas intencionalmente erróneas, o directamente las omitiré, para que no pueda armar el puzzle, y todo en función de salvarme a mí mismo.
Reitero: cualquier periodista en esa situación, debería, por lo menos, excusarse tal como hacen los jueces cuando un caso tiene como protagonista a un familiar o amigo (entre varios etcéteras), para que venga otro por él a hacer su tarea. Quien decida abordar un tema desde el periodismo evitando información relevante para no incomodarse a sí mismo, comete otra imprudencia.

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No creo que desde la Intendencia se quiera “tapar” algo grosso, máxime cuando queda claro que el chofer tiene libreta y para vehículos de hasta 18 pasajeros incluso.
Ningún acto administrativo pudo haber generado directamente el accidente. No se trata de eso.

Tampoco creo que Amanda Della Ventura quiera sacar “tajada” de algo como esto. Cualquier persona que la conozca, aún no se sienta representada en su estilo (como quien esto escribe), puede afirmar que, aún en un error (que no creo que lo sea en este caso), no es su característica la de la intencionalidades maliciosas en sus acciones.

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Al grano
La única resolución pública que se conoce como antecedente en el caso data de noviembre de 2010, y en ella el intendente señala que el trabajador de iniciales R.G. (el chofer) tenía que volver a sus funciones habituales tras haber perdido una prueba para trabajar como chofer, lo que estaba haciendo desde octubre de manera provisoria.

La duda que le surge a cualquier ser racional, entonces, es si el chofer tenía o no que estar allí ese día (el 18 de febrero), trabajando como chofer, manejando esa camioneta. Y en tal sentido es que caben las preguntas periodísticas. No planteárselas sería preocupante.

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El secretario general de la Intendencia hasta el pasado lunes, Tabaré Britos, mostró la actuación 36 del mismo expediente, que consta de una planilla en la que aparece el nombre del chofer y no se realizan observaciones en materia de manejo. Britos explicó que esa planilla demuestra que el 7 de diciembre de 2010 R.G. dio una segunda prueba y la superó.

La pregunta lógica que surge es si hay actuaciones posteriores a esa actuación 36. Britos comenta: “para abajo de la actuación 36, que decía que el hombre cumplía con lo que tenía que cumplir, ya no me fijé en más nada, porque para mí era como detenerse en una cañada cuando se tiene un mar por delante”.

Supongo que no es pecado ni puede ser tomado como un acto de intencionalidad política maliciosa el preguntar por qué entre las resoluciones del intendente está la de noviembre de 2010 que dice que el trabajador debe volver a sus funciones originales, pero a posteriori no aparece nunca una que indique que puede ser chofer porque superó la segunda prueba.

Britos, quien admite que lo mueven más las pasiones que las razones en la vida política (no muchos lo admiten, y eso que son la inmensa mayoría) hace unos días, en conferencia, se ofuscó (y después se disculpó, como hombre de ley que es, “por lo intempestivo” de su respuesta en ese momento) cuando se le preguntó por qué no aparecía en el “decretero” una resolución de Enciso dando la contraorden a la del 26 de noviembre. “¿Qué tiene que ver eso con el accidente?”, preguntó, a modo de respuesta, el por ese entonces secretario general.

Menos pasional, el director de Tránsito de la IDF, Fabián Fierro, explicó que ello obedece a que es un tema de manejo de la Dirección de Administración, que no necesariamente tiene que pasar por el intendente. Incluso apuntó que lo de las pruebas era un mecanismo interno, pero que nada decía que el chofer tuviese que darla para ocupar el cargo teniendo ya la libreta habilitante. La explicación es más sólida.

Igual así, no debe molestar seguir preguntando si una resolución del intendente puede ser contraordenada por un acto administrativo de un director general.

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Sacar tajada electorera de la situación sería imprudente, como sería imprudente creer que le cabe responsabilidad directa al intendente o alguna jerarquía inmediata por una imprudencia ajena, máxime cuando se trata de una muerte que, me consta, pegó y muy fuerte, acongojando la cúpula y el funcionariado municipal (además de los trabajadores de los medios).

Pero el creer que todo está movido por las pasiones políticas, puede llevar, a su vez, a cometer otras imprudencias.

Puede ser imprudente que una autoridad les recomiende a los medios qué tanto ahondar o no en un tema, sin tomar en cuenta que por mejor intencionada que le nazca tal recomendación, quien la hace es una parte interesada sobre cuánto de información sale o no acerca del caso. Si uno lo observase pasionalmente y se guiara por la idea de que detrás de cada comentario o acción hay una intencionalidad político-partidaria, bien
podría llegar a pensar que es un intento de ejercer presión ante los periodistas para que no se toquen puntos que pueden incomodar. Tal vez sería imprudente creerlo, y de hecho quiero creer y dar crédito que no fue esa la intención.

Mientras, reclamo derecho a poder preguntar, y creo que es saludable para los intereses de la propia Intendencia el responder en la medida que pueda (estoy de acuerdo con Britos en que no es una violación a la ley de acceso a la información pública el no dejar que un periodista se siente a mirar hoja por hoja un expediente, no habiendo existido carta previa solicitando esa información).

Es saludable para la Intendencia porque bien puede llevar lo contrario a pensar que hay interés en dejar el asunto tal como está: con un único y solitario responsable de todo. Y, sinceramente, no creo que esa sea la intención.

Emilio Martínez Muracciole: Obrero de prensa. Trabajó en diferentes medios de Florida (Uruguay). En noviembre de 2005 fundó (y fundió, y dos años más tarde volvió a fundir) el periódico Alternativa. Ha publicado artículos en El País, La Diaria, Qué Pasa, El Observador (suplementos de Agromedios), Revista de la Educación del Pueblo y Voces del Frente, entre otros medios. Actualmente es corresponsal del diario La República y de Radio Uruguay. Y mantiene activo su blog personal renombrado «Incontinencias»: http://alternativaflorida.blogspot.com
Desde 2010 es estudiante de Ciencias Políticas.