Sátira no es, y duele.

Juvenal se enteró que murió Sergio Denis. Recordando a Sergio Denis, Juvenal recuerda a tantos cantantes que tuvieron su cuarto de hora en plena dictadura. Pero no se percataron.

Palito Ortega cantaba, en aquella época, algo así como “yo tengo fe que todo cambiará” y “esa flor que está naciendo se parece a la sonrisa de mamá”. Mientras, Videla y el Goyo bañaban de sangre inocente ambas orillas del Plata; y las aguas del estuario binacional, con cadáveres con plomadas en los pies. Por algo, mientras Zitarrosa y los Olima sufrían el destierro de los valientes, otros artistas gozaban de la paz de los “inconscientes”. Estos últimos movían multitudes, pero nunca pasó por sus voluntades generar conciencia en ellas.

Doce años de dictadura sometieron a cruel lobotomía a toda una generación. La música inglesa con letras ignotas, y los “cumbieros” y los “líricos” que (en castellano) nunca se enteraron, ni enteraron, de la lesa humanidad estatal.

En el mayo de la Marcha del Silencio, Juvenal transcribe un cuento que acaba de leer en “las redes”. Mientras Denis y Ortega cantaban a la cotidianidad romanticona, estas cosas sucedían.

Dirán que la de hoy no es una sátira.

Y no, no es.


“Por esa época yo era un abogadito recién recibido, imbuido de mi propia importancia. Lamentaba profundamente que mis ingresos todavía no me permitieran acceder al ansiado 128, que me ahorraría esas cuadras hasta la estación de Tribunales, donde estaba el subte que me dejaba sano y salvo, y algo desarreglado, en mi departamento, al borde mismo del Once.”

“Ella subió en la estación de la Facultad de Medicina. Flaca y alta, con el pelo oscuro tapándole media cara, y un montón de libros en las manos de dedos largos y huesudos. Manos de artista, diría mi abuela. Manos de cirujana, pensé yo. Se sentó a mi lado arremangándose el guardapolvo blanco que llevaba abierto y flotante, como alas, sobre los jeans que en ese entonces llamábamos vaqueros y una camisa a cuadritos muy femenina. Casi sin querer eché un vistazo a los libros que se puso en la falda. El título y el nombre del autor de uno de ellos me saltaron a la cara, y no pude evitar un respingo. La Náusea, de Sartre. Era poco sabio, por no decir totalmente estúpido, andar circulando en un transporte público con un libro prohibido. “

“Alcé la vista y me encontré con sus ojos grandes y pardos como los de un cachorro que habían sorprendido mi mirada de horror, y me la devolvían divertidos. “

“-No nos podemos quedar sólo con lo que nos dicen los comunicados, no te parece? – Cuchicheó y reconocí la cadencia musical de Córdoba en su voz.”

“Tal vez hubiese sido mejor quedarme callado, mirar para otro lado, o cambiarme de asiento. Pero esos ojos lo enganchaban a uno, y me di cuenta de que quería seguir mirándolos. “

“-¿No es peligroso? Pregunté y ella me sonrió con una boca ancha y generosa, en un relámpago de dientes blancos. “

“-¿Sartre? Hay cosas mucho más peligrosas y menos bellas, sentenció. Y a continuación disparó su nombre, como una declaración: Victoria.”

“-Aníbal, me la arreglé para responder sin tartamudear.”

“-Ah, como el cartaginés, sonrió.”

“-Como Troilo. Mi viejo era fanático. Ella se rió con un tintinear de cucharitas de plata.”

“Se bajó como había subido, un remolino de pelo suelto y piernas largas, apoderándose de la plataforma como una conquistadora. “

“Dos días después, volvió a subir en la misma estación. Me identificó de inmediato, y abriéndose paso entre la gente fue a pararse a mi lado.”

“-¿Cómo te va, cartaginés? Saludó y yo sonreí feliz ante ese chiste que sentí privado. Una tapa colorida asomaba insolente entre los apuntes. Elsa Bonerman: Un elefante ocupa mucho espacio. “

“Esta vez me animé a hacerle la pregunta con los ojos.”

“-Para los pibes de la villa, explicó. Doy una mano en un comedor comunitario. Ya sabés: higiene, alfabetización, esas cosas. Asentí, imaginándomela leyendo con esa sonrisa franca y abierta y la voz cantarina. “

“Desde entonces nos veíamos tres o cuatro veces por semana en ese tubo rugiente y veloz que terminó transformándose en mi universo paralelo. Un lugar mágico que me desesperaba por alcanzar, caminando de prisa hasta la boca del subte, bajando las escaleras de dos en dos, hasta zambullirme en ese útero mecánico que me llevaría hasta ella.”

“Hablábamos y reíamos. A veces había hasta conatos de pelea por lo que ella llamaba mi “burguesa miopía” y yo su “exaltada hipersensibilidad.”

“Terminaba noviembre cuando le dije que deberíamos tomar algo, animarnos a salir del útero, a la vida real.”

“Sonrió apartándose el pelo de la cara en un gesto al que yo ya había aprendido a identificar como previo a una de sus lapidarias declaraciones.”

“- Esto debería ser la vida real, cartaginés. Ojalá lo fuera, no me gusta nada lo que hay ahí afuera. “

“Insistí en esa esgrima verbal que tanto disfrutábamos hasta arrancarle un casi sí.”

“-Me voy a Córdoba unos días, pero en unas semanas vuelvo. Entonces capaz que exploramos ese afuera que vos querés. Me sonrió antes de plantarme un beso en la boca y bajarse corriendo.”

“La vi alejarse, hacerse chiquita en el andén, muerta de risa ante mi desesperado asombro por no haber bajado a tiempo para seguirla.”

“Pelo suelto y piernas largas a medida que el subte se alejaba aprisionándome lejos de ella.”

“Pasaron los quince días prometidos y treinta más. Terminó diciembre. Aún durante la feria me iba hasta Tribunales y tomaba el subte de vuelta, la cara pegada a la puerta, buscándola. Esperando el reencuentro que no llegaba y dándome cuenta que sólo sabía su nombre sin apellido, dirección ni teléfono.”

“Pasaron meses, después años. Empecé a no pensarla dos horas al día, luego un par de días al mes, y así hasta llegar a ese estadío de sonrisa melancólica, muy de vez en cuando. “

“En febrero de 2005, atravesando la Plaza de Mayo, me crucé con la marcha de las abuelas.”

“No presté mucha atención, pensando en el regalo que le iba a comprar a mi nieta al salir de mi despacho, inmerso en mi vida, tan lejos de su lucha porque yo nunca había tenido problemas.”

“Pasaba de largo, indiferente, inmune, hasta que los ojos de cachorro y el largo pelo lacio me golpearon desde la imagen congelada de una fotografía en blanco y negro: Victoria Armendáriz, 22 años, secuestrada por un grupo armado paramilitar el 26 de noviembre de 1979 en las escaleras del subte, estación de la Facultad de Medicina.”

“De golpe dejé de ser indiferente, dejé de ser inmune y me quedé mirando la foto hasta que me picaron los ojos.”

“Después crucé la plaza corriendo, olvidándome del auto en el estacionamiento pago, y de mis 52 años. Corrí hasta la boca de la Catedral y me sumergí en el vagón, casi sin ver.”

“Lloré todo el recorrido, como un chico. Como un hombre. Lloré porque ella siempre había tenido razón y hay cosas mucho más peligrosas y menos bellas que Sartre. Y porque ahora yo también deseaba que el mundo real fuese ése, nuestro útero mecánico ahora vacío, que ya no me llevaría a su encuentro.”

Juvenal no ha podido averiguar quién es “el cartaginés Aníbal”. Pero dicen que la autora del texto es Cecilia Solá, una docente y activista por los derechos humanos, de Argentina. Tiene perfil en Facebook, por si a algún altardelapatrialteñe le interesa.


Juvenal dedica la transcripción de este pingajo de vida ajena, a quienes continúan empecinades en los INMUNES “algo habrán hecho”, y “eso ya es cosa del pasado”, y a quienes votan a quienes quieren absolver a “esos pobres viejos” que estas vidas cercenaron impúdicamente. También a quienes no son inmunes a estos eternos dolores sin consuelos ni tumbas. A quienes el 20 de este mes no podrán marchar en silencio, pero ahí estarán. Y Juvenal con elles. VERDAD Y JUSTICIA.

Siempre.

Salud.

Playa 🏖 con FLORIFORMES y entrada al estilo La Barra. ¡Ahora sí! ¡Florida con nivel esteño!

Juvenal os saluta, e invita con cicuta.

La administración Ave 🐦 / Chirolope / Bruj Woman de Más Ke Ronnie inaugurará el pavimento del acceso Piedra Alta a la capital departamental. Qué milagro… Continuar leyendo “Playa 🏖 con FLORIFORMES y entrada al estilo La Barra. ¡Ahora sí! ¡Florida con nivel esteño!”